sábado, 9 de mayo de 2015

Por qué nos mudamos

Los chinos no son guarros. Es solo que su tolerancia a la suciedad está más desarrollada que la nuestra. Y, aun así, tampoco es plan de generalizar. Como mucho, no creo que pasen del 70% los que son "supertolerantes". Pero, vaya, que tampoco hacen falta más para que todo esté como el palo de un gallinero.

Rincón de una calle cualquiera.

Gracias a Dios, hay barrenderos que se esfuerzan por mantener las áreas públicas en buen estado.

Eficiencia demostrada.

No quiero que penséis que soy racista o xenófobo, ni mucho menos. Al fin y al cabo, estoy casado con una china (muy limpia, por cierto). Pero, de verdad, no os miento cuando digo que a veces da asco pasear por ciertos barrios de Shanghái debido a la cantidad de mugre y basura que hay por las calles. Y no hablo de otras ciudades porque no las he visto aún (sabiendo que Shanghái es de las más cuidadas, se me quitan las ganas). Bueno, a excepción de la ciudad de mi querida Li, Suzhóu, que, pese a ser uno de los mayores reclamos turísticos del país, está más o menos en la misma categoría en cuanto a suciedad; con el añadido de que la atraviesan cientos de canales, la mayoría parcial o totalmente contaminados.

Río con agua negra. Pero negra de cojones. En las afueras de Suzhóu, la Venecia china.

Es difícil describir el pestazo nauseabundo que desprenden las aguas de ese pobre río en el que los niños se podían bañar cuando mi mujer era pequeña. Y de eso no hace tanto, que ahora tiene 23 años. Os podéis hacer una idea de la magnitud del cambio que ha sufrido China en las últimas décadas. La otra imagen del progreso.

Hablando de olores y progreso, a veces pienso que los chinos también gozan de un sentido del olfato especial que la madre naturaleza ha adecuado consecuentemente a su entorno. Vamos, que no huelen nada en absoluto. Si esto no es así, no me explico cómo la gente puede hacer cola para comerse un tofu que venden en puestecitos y que huele, literalmente, a mierda. Ni por qué ni siquiera pestañean cuando alguien se tira un sonoro y fragante cuesco en el metro (no es la norma, ¿eh?). Ni qué hace un viejo comiéndose una brocheta acuclillado junto a un contenedor rebosante de basura pestilente. Ni de qué manera hacen uso de los aseos públicos sin que les suponga un trauma, como me lo supone a mí.

Un Kinder Sorpresa en una estación de metro.

Da pena ver cómo una cultura que tradicionalmente venera el perfume de las flores acaba haciendo cosas como invadir las aceras de sus ciudades con tendederos en los que cuelgan pescado seco, ocas secas o cosas peores secas.

Así despiertan tu apetito para que entres a su restaurante.

Aunque, como ya he mencionado, no todos están hechos de la misma pasta. De hecho, los hombres suelen ser más... supertolerantes que las mujeres. Es costumbre entre los machos escupir gargajos por la calle, aunque también lo hacen muchas mujeres mayores. Eso sí, hay que decir que, por lo menos, antes te avisan. Consejo de viaje: si oyes un "JJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJ", más te vale levantar la vista y localizar al señor que está a punto de estampar su sello de jade en la calle, ya que pudiera darse el caso de que te lo llevases tú colgado en el bajo del pantalón.

Campaña china de 1950 que tuvo el mismo éxito que el LaserDisc.

En cuanto al aseo personal, muchos siguen la máxima de mojarse solo los pies y la cara, como en la Noche de San Juan, y darse una ducha a la semana; o dos, si la cosa se pone fea. Tampoco se lavan demasiado las manos: en los restaurantes es fácil ver a gente mayor, o no tan mayor, comiendo con las manos llenas de mierda y las uñas incrustadas de lo que parece ser mugre ancestral que ha ido pasando, cual reliquia familiar, de padres a hijos durante generaciones.

Para perpetuar las buenas costumbres e inculcar valores a los futuros dueños de todo esto, las mamás suelen responder con celeridad a las necesidades primarias de sus retoños sosteniéndolos sobre una papelera o maceta para que suelten ahí su chorrito amarillo o, en demasiadas ocasiones, su ofrenda primaveral. Por eso, en alarde de la mentalidad práctica e inventiva chapucera que define a los chinos, es habitual que los niños lleven el culo al aire.

Confucio dijo que el carro de un súper es lo más indicado para estar en contacto con el culito de un bebé.

Y el atentado contra la salud pública llega a su máximo esplendor en los mercados oscuros de los suburbios. Allí, lejos de los puntos de interés turístico, puedes encontrarte cualquier cosa. No hablaré en este blog de los mercados donde venden perros y gatos para comer, porque no lo soporto y no pienso poner un pie cerca de ellos en mi puta vida (aunque eso es solo en algunas zonas de China, al contrario de lo que creen muchos occidentales). Pero tampoco hay que irse tan lejos para que tu infancia se vaya por el retrete. Sobre todo si eras fan de la rana Gustavo y de las Tortugas Ninja.

Esto es algo que no te encontrarías en el mercadillo de Barrio Sésamo.

Una vez, cuando vivíamos en el distrito Pudong, que es el lado nuevo y feo de Shanghái (aunque es en el lado antiguo y bonito donde están los barrios más oscuros, sucios y terroríficos), mi mujer bajó del bus histérica porque una cucaracha le había pasado por el brazo. Allí, en la parada donde la esperaba cada noche a su vuelta del trabajo, me juré que jamás volvería a subir en un autobús urbano de trayecto largo. ¿Solo por una cucarachita de nada? No. Resulta que esos autobuses que cubren varios distritos de la ciudad se llenan cada mañana de gente que va a trabajar muy lejos de donde vive; durante el viaje, el currante medio toma su desayuno, comprado a los vendedores ilegales que pueblan las paradas importantes, y deja los desperdicios en cualquier sitio antes de bajar. Como el bus no para en toda la jornada y, por lo tanto, nadie lo limpia, a medida que pasan las horas se va llenando de basura y recibiendo a pasajeros VIP que no pagan billete y a los que a veces les da por ponerse en los brazos, los hombros o la cabeza de sus acompañantes bípedos.

Pues en el nefasto Pudong compartíamos piso con una pareja china. Por desgracia, en aquellos momentos no podíamos aspirar a algo mejor. Después de dos meses con ellos, también me juré a mí mismo que jamás volvería a compartir casa con chinos que no se llamasen Zhu Li.

Ahora quizás comprendáis por qué, de entre tantas posibilidades, he elegido este tema para inaugurar un blog que, pese a lo que pueda parecer en esta primera entrada, no versará exclusivamente sobre las cosas malas de China. Faltaría más, con la de maravillas que hay en este inmenso país.

Pasad, pasad...

El microondas de Chayanne (el tío no se llamaba así, pero sonaba parecido):

No, no es un fotograma del final de una película de Alien.

El baño de Chayanne:

No, no es la superficie de Marte grabada por el Curiosity.


Al principio, eso estaba tapado. Después nos prometieron que pondrían una madera o algo. No sé si la habrán puesto ya.


¿Cómo os lo digo para que me creáis? Chayanne se meaba ahí, en eso rosa. No levantaba la tapa.
Se meaba ahí, el muy hijo de puta. Y lo dejaba todo meado. A veces, ni siquiera tiraba de la cisterna.

Dudo que el caso del cabrón de Chayanne sea lo normal, pero no quería dejar pasar la oportunidad de desahogarme. Me siento un poco mejor. Menos mal que nos fuimos de ahí. Ya os enseñaré el sitio donde vivimos ahora y os hablaré de sus pros y sus contras. Por ahora, vuelvo una última vez a aquel baño infernal para recordar nuestra última aventura en él. Esto fue la víspera del día que nos largamos:

De ese desagüe no salía nada bueno.

En fin, que por eso nos mudamos. Y aquí estoy yo en el metro, en plena mudanza exprés:

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