viernes, 12 de febrero de 2016

Año Nuevo en la vieja China

                Es sábado, muy tarde. Hemos estado llevando cosas al piso que acabamos de alquilar y ahora buscamos un sitio donde cenar por el centro de Shanghái. Es la última noche en el hotel (¡por fin!) y nuestra última cena antes de que Li se vaya unos días a Suzhou para celebrar Año Nuevo con su familia. Aunque no tengamos que estar separados demasiado tiempo, nos duele alejarnos el uno del otro. Nos hemos despedido ya demasiadas veces. La anterior, y esperemos que última, fue por cinco meses. Mucho antes, cuando vine a China por primera vez, le prometí a mi mujer que nunca volveríamos a separarnos, que ya habían sido suficientes despedidas, que aguantaríamos juntos cualquier situación. Después, Li tuvo que volver dos meses a su universidad, dejándome solo en Shanghái; volví a prometerle lo mismo a su regreso. Pero todo empezó a ir de mal en peor. Acabamos viviendo en casa de mis suegros, me quisieron echar tras solo una semana por ser un inútil que no hace nada (por no salir cada mañana a trabajar y quedarme en casa, con el ordenador… trabajando) y volví a España con la idea de que ella me siguiera en unos meses. Cuando hubiera encontrado un trabajo y ahorrado lo necesario para pedir un visado de turista. O cuando se completase la transferencia de nuestro matrimonio al Registro Civil y tuviéramos el derecho de reagrupación familiar. O cuando yo me hiciera rico y pudiera llevármela sin seguir los trámites de los pobres. Por supuesto, todo salió mal: Li tardó mucho en encontrar trabajo, el trámite del registro se podría demorar hasta dos años de iniciarlo en España y el Gordo vino a caer en Roquetas de Mar.
                Ahora vuelvo a China. Preparado. Con un nuevo plan. Con dos proyectos en mi mesa de trabajo; proyectos que puedo completar sin ayuda de nadie, ya que nadie ha podido o sabido ayudarme hasta el día de hoy. Con los documentos que necesito para iniciar la transferencia del matrimonio en el consulado de España en Shanghái, donde el trámite nos podría llevar tan solo unas semanas. Con un piso apalabrado en Xuijahui, a solo 20 minutos de Jing’an (justo el centro de la ciudad y uno de los lugares más turísticos), donde trabaja Li. Con ilusión. Con fuerza. Sin promesas.


                Llego, reventado del viaje, deseando descansar en mi nuevo hogar. Pero, en el último momento, nos enteramos de que el taiwanés con quien íbamos a compartir ha decidido que no quiere una pareja en su piso. Una amiga suya ha firmado el contrato y ya está viviendo allí. Y no nos enteramos por él, sino por el anterior inquilino, que nos escribe avergonzado y preocupado.
Tras lamentarnos un rato, Li encuentra un hotel, el más barato por la zona del centro entre los que dejan entrar a extranjeros (habéis leído bien). Buscamos casa desesperadamente, pero en ningún piso compartido aceptan parejas y los apartamentos pequeños, sin salón ni pijadas de esas, valen como 800-900 euros al mes, frente a los 500-600 que cuesta alquilar solo una habitación.
                Después de cinco días encerrado en el hotel, buscando pisos en internet mientras Li trabaja, y visitando algunos por la noche, cuando la dejan salir de la compañía, damos con uno en Yuyuan Garden. Es una buena zona, cerca de People’s Square (la “plaza mayor” de Shanghái), de Nanjing Road (la calle comercial más importante) y del Bund (el paseo marítimo desde donde se ve la típica postal de los rascacielos de Lujiazui, el principal distrito financiero de la ciudad). A 15 minutos de Jing’an, en una comunidad moderna y limpia. Para compartir con dos arquitectos rumanos que, aunque en principio no aceptan parejas, se solidarizan con nosotros por nuestra situación y consideran la posibilidad de dejarnos alquilar la habitación.
                Visitamos el piso, nos gusta. También nos gusta Jimmy, uno de los arquitectos, con quien compartiríamos baño. Todo va de perlas; le caemos bien a Jimmy, está dispuesto a aceptarnos. Hasta tengo la oportunidad de comprar muy barata una tarjeta para el gimnasio del barrio, que el inquilino que se va acababa de recargar para un año. Quedamos para firmar el contrato. Estamos muy contentos. Por fin empiezan a ir bien las cosas. Por fin puedo montar mi ordenador y seguir trabajando en mis juegos. Por fin podemos descansar, sin presiones, sin prisas. Qué bien.
                Dos horas antes de la cita para firmar el contrato, nos dicen que ya han firmado con otro, que al final han decidido que no quieren una pareja en el piso.
              Pasan días. La situación se vuelve insoportable. Estamos gastando mucho dinero. No podemos lavar ropa, ni cocinar. Ni puedo trabajar. Viajamos a Suzhou para renovar mi permiso de residencia y Li recupera la caja de mi ordenador, que dejé en casa de mis suegros; yo la espero en la puerta de la comunidad porque su madre no quiere verme. Este día sentimos que al menos hemos avanzado un poquito. En los siguientes, sin embargo, no pasará nada. Lo único reseñable es que tenemos que sacar todas nuestras cosas de la habitación de Xiao Lu, la prima que tenemos en Shanghái, con la que Li vivía mientras yo estaba en España. Xiao Lu y Xiao Yi, su marido, han comprado un piso minúsculo por una millonada. Su boda es el mes que viene, pero ya están casados por papeles; como Li y yo, solo que, en su caso, la familia lo sabe. Ellos son la pareja perfecta para todo el mundo. Con quienes nos comparan continuamente. Ambos tienen trabajos estables, ganan mucho dinero; ambos respetan las imposiciones de sus familias y las tradiciones; ambos son chinos. A Xiao Lu no le gustaba Xiao Yi, pero eso es lo de menos; su familia lo eligió para ella y ella hizo lo que hay que hacer: caso a la familia. Al menos ha tenido la suerte de que el chico es un trozo de pan.
                Nosotros encontramos otro piso donde aceptan parejas. En Jiansu Road, a una parada de Jing’an. Todo bien. Vamos a firmar, pero ¿sabéis qué? En el último momento se arrepienten. Parejas no.
                Quedan solo dos días para Año Nuevo. Li tiene que volver con su familia sin más remedio y no sabemos qué vamos a hacer con todas nuestras cosas y conmigo mismo. El hotel es demasiado caro, no podemos seguir así. Mi pobre mujer está que no puede más de los nervios y encima la obligan a trabajar hasta las tantas sin dejarle tiempo para nada.
                El festival de las linternas ha comenzado en el templo de los dioses de la ciudad y quiero ir a verlo. Para ella es una locura, en medio de esta situación, invertir el poco tiempo que tenemos en una actividad de ocio. Pero yo siento que es importante que hagamos algo juntos, algo más que buscar piso y lamentarnos; y que veamos algo bonito. Antes de un examen importante, cuando todo el mundo estudiaba desesperado, yo solía tirarme el día viendo películas, escuchando música o leyendo una novela de ciencia-ficción. Solía relajarme. Y me iba bien.
Al final, Li accede y vamos al festival de las linternas. Medio en broma, le digo que voy a pedir a los dioses de la ciudad que nos den aunque sea un huequecito en ella para poder vivir. El festival es precioso, disfrutamos. Al final, olvido hacer mi petición a los dioses. Pero, como son dioses, seguro que ellos ya me han escuchado.






                Y encontramos nuestro piso. Está muy bien, es bonito. El salón es enorme. Y tenemos mucho espacio en nuestra habitación. Está en Caoyang Road, al lado de la estación; Jing’an está a tan solo 15 minutos en metro. Lo único negativo es que la otra pareja es china. Y china del norte, encima. Ya prometí una vez que no volvería a compartir piso con chinos, que casi todos son unos guarros, pero ya sabemos qué pasa con las promesas. Todo está sucio, asqueroso; no han limpiado nunca desde que viven aquí. Da igual, podemos limpiarlo nosotros, no hay problema. Eso sí, tienen dos gatos. Dos gatos que sueltan más pelo del que tienen. Y yo soy un poco alérgico. Pero si Li y yo mantenemos todo limpio no tendré problemas. Además, está Pepe (es como he llamado al robot aspirador de los puercos del norte; lo más parecido a limpiar que han hecho en su vida es darle al botón del robot una vez al día). En fin, solo estaremos un par de meses, hasta que cumpla el contrato vigente y el dueño, seguramente, suba el precio para inflar un poco más la burbuja antes de que explote. Pero, al menos, ya tenemos un lugar donde vivir por ahora. Ya puedo trabajar.
                Es sábado. Muy tarde. Todos se han ido a sus pueblos, todo está cerrado. Pero esto es el centro de una de las ciudades más ricas del planeta, algo debe de haber. Visto lo visto, pido a los dioses un restaurante abierto y encontramos uno que abre las 24 horas y además es muy bueno. Esta es nuestra particular cena de Año Nuevo: otra cena de despedida. Li se va, pero son solo unos días. Nada de tragedias. Estaré limpiando la casa y trabajando, estaré bien. Aunque ya no prometo nada. Ahora, a disfrutar de la comida, que es deliciosa.
                Una llamada nos interrumpe. Es el padre de Li.
                —Li, que venga Enrique.
                —¿Cómo?
                —Que venga Enrique. Tiene que venir.
                —Pero si mamá no quiere verlo. No podemos ir juntos.
             —He invitado a todos. Estará aquí Lao Popo (el hermano mayor del padre). Estará Juju (el hermano de la madre). Estarán los primos. Habrá buen ambiente, todo irá bien. Mamá no va a decir nada. Tiene que venir Enrique. Es Año Nuevo, no puede estar solo en Año Nuevo.
                —Ya veremos.
                —No, ya veremos no. Tiene que venir.
              Tengo que ir. ¿Qué puedo hacer? Mi suegro está haciendo un esfuerzo muy grande por arreglar la situación familiar. La parte paterna de la familia de Li, por lo general, nos apoya. El padre es un buen hombre, y lo único que le preocupa es que yo no pueda cuidar de su hija, porque no tengo un trabajo estable. Es comprensible. Si él quiere que vaya, no puedo decir que no. Aunque tengo miedo de lo que pueda pasar. Sobre todo, tengo miedo de lo que le pueda pasar a Li. Con todo el estrés de los últimos días y el que llevaba acumulado de antes, su mente está débil. La presión familiar en China es muy, muy fuerte, y es difícil soportarla si la mente no está en buena forma. No es el mejor momento para que se monte otro drama familiar como los tantos que ya hemos vivido. Ojalá no pase nada. Tengo miedo de verdad.
                Día de Año Nuevo. La ciudad está desierta. Llevamos las últimas cosas al piso y aprovechamos el rato que nos queda antes de tomar el tren para limpiar un poco la casa. Los chiros del norte no volverán hasta dentro de diez días. Solo estamos Li, Pepe y yo. Bueno, claro, y Totoro, Adolfo, José Manuel y Mario (nuestros peluches). El día va bien. Es increíble que algo nos pueda ir bien.
                Es imposible que todo siga yendo bien.
                Mientras está agachada limpiando el baño, a Li le pasa algo en la cintura. No puede moverse. No puede girarla hacia los lados ni inclinarla hacia delante; está prácticamente bloqueada. Y le duele a rabiar. La ayudo a tumbarse en el sofá, no sé qué hacer. Ni siquiera tenemos internet aún. Salimos a buscar un hospital. El vigilante del edificio nos dice que a dos paradas de bus está el central del distrito de Putuo. Llegamos allí, no sé ni cómo. Pasito a pasito. Pasamos por caja para hacer la tarjeta de paciente-cliente. Li rellena unos formularios. Volvemos a pasar por caja para que sea atendida en urgencias. El médico manda hacerle un escáner. Pasamos por caja para pagar la prueba. Se hace el escáner, le dan los resultados: no tiene nada grave, el bloqueo es debido al cansancio extremo y el estrés. Pasamos por caja para comprar los parches que le ha recetado el médico. Los recogemos. Compro alcohol y tabaco (imprescindibles en Año Nuevo) en una tienda y nos vamos a la estación. Perdemos el tren. Tomamos el siguiente. Todos están esperándonos, ya están cenando; tenemos que tomar un taxi, que es carísimo. Finalmente, llegamos a la comunidad de Li. Nos armamos de valor y entramos a su casa. No sé qué va a pasar, pero me conformo con que Li pueda descansar por fin. Está un poco mejor; no puede moverse, pero al menos puede sentarse.
                Casi toda la familia está presente. Entrego la botella de alcohol a mi suegro y le felicito el Año Nuevo. El primo mayor me cede su sitio, junto a Lao Popo, el tío mayor. Es un honor y eso. Todos me reciben bien, excepto la madre, que tiene una cara que se la pisa y no nos mira ni dice nada. Lo normal, nada extraordinario. Bromas con los primos, muchos brindis, mucha comida (piden perdón porque ya está fría). Calientan el plato típico de Suzhou, jamón de cerdo asado, y lo ponen en mi lado. Come, come, me dicen. Es para ti, es el mejor plato. Bebe, bebe. Como. Bebo. Me relajo. Todo va bien, más o menos. Qué tranquilidad. Hasta que entra el vecino de mis suegros.
                Reparte tabaco, viene a brindar conmigo y con Li. Le ponen una silla junto a Li. Me insta a apurar todo el vaso (tradición) y empieza a hablarle a mi mujer. Ella me dice que este tío tiene mucho dinero, que es muy respetable. Me traduce lo que va diciendo: Lao Popo era el médico de su familia, así que él quiere mucho a esta familia; Li es como una hija para él; siente mucha, mucha pena porque ve cada día que los padres de Li están solos, que nadie los cuida, que su hija los ha abandonado... Aquí, mi mujer deja de traducir. Deja de hablar. Se encoge, gimiendo de dolor. Agacha la cabeza y empieza a llorar. Le pregunto qué le pasa, pero no responde. Solo llora y llora. Su frente toca la mesa; sus brazos están colgando. El vecino no deja de hablarle. Le habla a ella, directamente. Yo no entiendo nada. Toda la familia escucha lo que dice y nadie lo interrumpe, así que pienso que a lo mejor no está diciendo cosas tan malas, que a lo mejor Li se ha sentido demasiado mal, exageradamente mal, por haber mencionado la situación de sus padres, y ahora él está intentando calmarla. El gesto del tío es de pena, pero parece impostado. A veces apoya su mano en el hombro de Li. Ella no reacciona. Intento calmarla, lo intento todo, pero no hay manera. Está en otro mundo. Sus tías la acarician y la abrazan de vez en cuando, pero da igual. Li no está. A partir de aquí, lo que viene es una hora de ese tío hablando sin parar, Li en su mundo, ya sin lágrimas que llorar, y todos mirando calladitos. Al final, Juju, el hermano de la madre, que está superborracho, le dice algo al tío y él se levanta, me mira, dice “sorry, sorry”, entra su mujer y salen juntos. Lao Popo dice algo. Después, Juju empieza a hablarle a Li, muy serio, sin parar. Parece que ha tomado el relevo del vecino. Yo ya no sé qué hacer; esa mierda de alcohol chino blanco me sube a la cabeza, todos los brindis de una vez. Me siento peor que nunca. Nauseas. Quiero vomitar. Siento que estoy en un linchamiento público y que sobro ahí, que siempre he sobrado. Le pido a Li que, por favor, salgamos a la calle un rato. Le pido que me escuche. No reacciona. Después de un rato, ya no puedo más. Creo que me voy a morir. Me pongo mi abrigo y salgo. No quiero dejarla ahí sola pero, de verdad, no puedo más.
                Deambulo por las calles de la comunidad, no sé adónde voy. Hace un frío que pela. Lloro de impotencia. El viejo Lao Popo viene corriendo después de un rato y me dice en chino “ven a comer arroz”. Lo sigo, llorando. No sé ni qué hago, pero Lao Popo me hace sentir mejor. Me habla, pero no entiendo nada. Al llegar, todos (menos la madre y Juju) están muy cálidos conmigo. Me sientan junto a Li, me dan arroz, me dicen que siga comiendo. El primo mayor me pregunta que si tengo WeChat; WeChat puede traducir instantáneamente entre chino e inglés, de aquella manera, y él quiere explicarme la situación. No tengo internet en mi móvil aún. Con un esfuerzo titánico, logra decirme en inglés que esperan que Li y yo seamos felices. Que todos esperan eso. Entonces, Juju se levanta para irse. Su mujer viene a ayudarle a andar, porque está como una cuba. Juju se para frente a mí y me dice: “please, please”; espera un poco, pero no sé qué tengo que hacer. Li sigue con la cabeza sobre la mesa y los brazos colgando, no está aquí. No puede decirme qué tengo que hacer, como suele decirme. Solo se me ocurre despedirme con un adiós. Se va. Pero el primo mayor viene y me agarra, me levanta, “ven con el tío de Li”, me dice, “vamos a decirle adiós”. Salimos a la calle; ahora lo entiendo, hay que ir a despedirlo hasta su coche, es una muestra de respeto. El primo mayor coge mi mano, muy fuerte, muy firme.  Se pega mucho a mí. Es su forma de darme apoyo. No sabe explicarme bien qué está pasando, pero no quiere que esté mal. El hijo de Juju conduce; tira una moto con el coche y el primo mayor se ríe. Me río. Volvemos a entrar.
                Cuando el resto se van, también salgo a despedirlos. El primo mayor me dice que mañana vamos a cenar a su casa, que vamos a estar bien. Él es hijo de Lao Popo, así que es la casa de su padre. Allí, sé que soy bienvenido.
                Li continúa ida. Su padre me hace señas para que coja el equipaje y lo suba; él se lleva a Li a su habitación. Una vez allí, me indica que cuide de ella y él baja a hablar con su mujer. Acuesto a Li, la tapo bien. Me arrodillo junto a su cama y, al final, me quedo dormido.
                Me despierto muy malo, con muchas ganas de vomitar. A todo lo que ha pasado y al alcohol se suma mi apnea del sueño; tenía una postura rara y no he respirado bien durante un buen rato. Li me habla por primera vez en muchas horas: “vete a dormir, cari”. Yo le digo que no tengo cama. Se levanta, corriendo, para mi sorpresa, y va a preparar mi cama. Le digo que no hace falta, que no se preocupe; verla así, tan apurada, y llorando otra vez, me hace recuperarme un poco.
En casa de Li, no podemos compartir cama. Antes, cuando vivimos aquí durante una temporada, conseguimos que nos dejaran dormir en la misma habitación después de mucho batallar, pero yo tenía que estar en el suelo. Ahora, yo vuelvo a donde empecé: al trastero. La cama es una tabla, una cama china antigua. No hay colchón, solo unas mantas. Hace tanto frío como en la calle y nada de insonorización, así que voy a comerme los petardos toda la noche. El Año Nuevo pasado no pude dormir; supongo que seguiré la tradición.
                Caigo muerto en la tabla, pero no duermo de verdad en toda la noche. Li no ha podido hablar conmigo, ha seguido llorando, y después se ha dormido como un tronco. ¿Descansará, por fin?
                Tendré que esperar hasta la mañana para que Li me cuente algunas cosas. Por ejemplo, que el primo mayor intentó evitar que yo brindase con el vecino, objetando que no tenemos ese tipo de alcohol en el extranjero e iba a sentarme mal; o que Juju, en toda su cogorza, le dijo al tío “¿qué derecho tienes tú para hablarle así a mi sobrina?”, y entonces llegó la mujer del vecino, este le dijo “he hecho llorar a la niña, he hecho algo malo” y se fue a su casa. Cuando me fui, todos estaban muy preocupados porque yo no entendía nada e iba a pensar que nadie quería que Li y yo estuviéramos juntos, por eso Lao Popo fue a buscarme. Li dice que podía escuchar todo, pero era incapaz de comunicarse, que estaba en un abismo de pena y de vergüenza.
                Pero hoy es un día feliz. Es Año Nuevo y vamos a cenar a casa de Lao Popo. Lo pasamos bien allí. El ambiente es relajado, son buenos conmigo. Especialmente buenos, esta vez. Li empieza a sonreír, empieza a ser ella misma. Me dice que está tranquila, que Lao Popo le ha dado confianza otra vez. Volvemos a casa dando un paseo y nos acostamos pronto porque mañana vamos a casa de Juju, en otro pueblo. También es la casa de la abuela materna de Li. Es la parte más cerrada de la familia. Nos preocupa lo que pueda suceder allí, pero intentamos no ponernos negativos. Debemos salvar todos los obstáculos.
                Al día siguiente, nos arreglamos, muy animados. Li está radiante, contenta. Las cosas se han calmado un poco y seguro que Juju nos va a tratar bien, aunque no nos apoye. Ya estamos preparados para salir cuando el padre llama a Li para que baje. Cuando vuelve, Li está seria. No vamos a ir a casa de Juju. La madre no quiere que vayamos.
                Bajamos juntos para que Li pregunte a su madre por qué no quiere que vayamos, aunque ya sabemos la respuesta: le da vergüenza que nos presentemos ante su familia. Li se enfada, vuelve arriba; su padre la sigue, gritando “¡¿qué pasa?!”;  yo voy detrás. Y la madre sube, le grita sin parar (“¡¡eres una vergüenza!!”, “¡¡he gastado tanto dinero en ti!!) y, como colofón, se empieza a pegar a sí misma, muy fuerte. Corro junto a Li, que vuelve al mundo oscuro. El padre forcejea con la madre, se la lleva. Y ahí está mi mujer, otra vez. Otra vez ahí. ¿Cuándo se va a acabar esto?
                La abrazo, intento que se sienta protegida. No está tan mal como hace dos días, está siendo fuerte. Pero no deja de llorar, me rompe el corazón. Abajo se oye a la madre gritar y al padre hablando con Lao Popo, que ha llegado para ayudar. El padre sube y me pide, con los ojos llorosos y el rostro desencajado, que por favor recoja nuestras cosas para irnos a Shanghái. Se va, empiezo a recoger, y vuelve a subir para decirme algo más que no entiendo en ese momento pero que después cobra sentido: la madre se ha encerrado en el tercer piso, es un buen momento para irnos. El hombre es un saco de nervios. Voy a por Li, pero no se quiere mover. Está llorando, mirando al vacío. Dice que lo ha hecho todo mal, que ha hablado mal a su madre. Le digo que no, que no es por ella. Esto iba a ocurrir tarde o temprano, no es su culpa. Pero no logro tranquilizarla. Me mantengo a su lado. El padre vuelve, ve que no soy capaz de llevarme a Li y se va. Al rato, llegan la prima Xiao Lu y su marido, Xiao Yi. Li, entre sollozos, le cuenta todo lo que ha pasado estos días a su prima, que la abraza y le acaricia la cabeza. La escena me hace llorar, me aparto. Mi suegro me ve y le pide a Xiao Yi que me acompañe. Xiao Yi me dice que no llore, me agarra el hombro.
                Cuando Li se calma, los primos nos llevan a la estación de trenes. Mientras sale el tren, Li llama a Juju para explicarle por qué no hemos podido ir a su comida. No se puede declinar una invitación sin más, al menos hay que darle una explicación. En medio de la estación, Li rompe a llorar mientras habla con Juju. Luego me contará que Juju le ha dicho que se separe de mí, que estamos creando problemas, que no puede abandonar a sus padres. Y que tiene que volver al día siguiente a Suzhou para comer en su casa, ya que hoy no ha podido ir.
                Esta noche, la primera noche en nuestro piso, me cuesta convencer a Li de que yo tengo que volver con ella a Suzhou, que no puedo dejarla sola. Tengo miedo de que sufra otro linchamiento y nadie esté a su lado protegiéndola. Se va a meter en la boca del lobo, en la casa de la parte cerrada de la familia. Iré con ella. El padre dice que no es buena idea, que la madre está muy enfadada y sensible, pero voy a ir. Él acepta, con la condición de que yo no entre en casa de Li para que la madre no sepa que he vuelto (ella no irá a comer con Juju). Y pide perdón porque no ha sabido arreglar la situación familiar; dice que ha sido todo culpa suya. Le decimos que no es así.
El plan inicial era que fuéramos a casa de Li a hablar con los padres, antes de ir a casa de Juju. Xiao Lu y Xiao Yi nos acompañarían, de nuestro lado. El nuevo plan es que vamos a casa de Juju directamente y, luego, después de comer, alguien nos llevará a casa de Fufu (el padre de la prima, marido de la tía por parte de padre de Li) para cenar. Por último, Li tendría que volver a su casa a hablar con su madre para arreglar la situación, y aprovecharía para recoger algunas cosas que tenemos allí y necesitamos para el día a día en Shanghái.
                Comemos con Juju. Li me advierte de que su abuela puede pegarme. No me pega; de hecho, no se opone a que estemos juntos y solo quiere que estemos bien, que yo tenga un buen trabajo para cuidarla. Lo mismo dice Juju, esta vez. El padre de Li y Juju nos hacen una entrevista, de la que salimos bien parados. Son hospitalarios conmigo. Todos insisten en que tengo que aprender chino para poder entender lo que dicen y expresar lo que pienso. Y en que tenemos que vivir en China. Dicen que los padres chinos se preocupan mucho por sus hijos y quieren que estén cerca. Yo digo que eso les pasa a los padres de todo el mundo. El padre me pide perdón porque son gente sin cultura. En la sobremesa, comemos frutos secos y tomamos té en el patio.

La mujer de Juju y su hijo charlan con Li

                El hijo de Juju nos lleva en su coche a la casa de Li, ya que es demasiado temprano para ir a casa de Fufu. Por petición del padre de Li, el primo me acompaña mientras mi mujer va a hablar con su madre. Durante una hora y media, intentamos mantener una conversación con las pocas palabras que sabe en inglés. También me enseña a decir en chino televisión, aire acondicionado, teléfono y leche. Él dice que Li y yo podemos estar juntos, pero que tenemos que vivir en China. Lo típico. Mientras hablamos, el padre de Li entra en el coche. Me hace un gesto como de “¡todo va bien!”. Está muy contento. Nos trae refrescos. Pobre hombre.
Li sale satisfecha de su casa. Ha podido hablar con su madre, que llevaba todo el día en huelga de hambre, y la ha tranquilizado un poco. La madre está preocupada porque nunca va a ver a nuestros hijos, no van a ser sus nietos. Li le ha dicho que eso no es así, que no los va a abandonar, que son sus padres. Al final, se han reconciliado un poco. Ya podemos ir a casa de Fufu.
En casa de Fufu también nos apoyan. Disfrutamos de la única comida divertida de este Año Nuevo. Ahí están Xiao Lu y Xiao Yi, que traen unos dulces buenísimos y me dan a probar de todos los tipos. Me están cuidando, están muy cercanos conmigo. Li y yo nos sentimos bien, nos reímos de las muecas que hace Fufu cuando bebe. La comida es buena.
Volvemos a casa de Li para recoger nuestras cosas; el padre quiere que entre al salón, pero que no haga ruido. La madre está arriba, durmiendo.
Ya en Shanghái, Li me dice que tiene que volver al menos un día durante esta semana, para seguir limando asperezas con su madre. Se lo ha pedido su padre. Pasamos un día juntos en casa y, el viernes de Año Nuevo (Año Nuevo es toda la semana), es decir, hoy, Li vuelve a Suzhou.
Mientras escribía esto, Li me ha contado por el chat que su madre está otra vez en huelga de hambre y que no para de hablarle mal de mí. Todo es malo: mi edad, mi cuerpo, no tengo dinero, soy extranjero. Ha repetido una y otra vez que no va a aceptarme. Li se ha puesto un poco mal, pero ha podido aguantar. Ahora está de regreso a Shanghái. Le he preguntado que cómo está y ha dicho que bien, que no me preocupe. Solo está cansada. Y mañana (sábado, nuestro aniversario) y pasado mañana (domingo, mi cumpleaños) tiene que trabajar para recuperar los días de Año Nuevo, como se suele hacer en China. Además de toda la semana siguiente.

Espero el día en que mi mujer pueda descansar. Iba a pedírselo a los dioses de la ciudad. Pero, como son dioses, seguro que ellos ya me han escuchado.


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martes, 26 de mayo de 2015

Mamá, la gente me mira

10 minutos en mi vida
Salgo de mi piso, en la duodécima planta. Una vecina joven con un carrito de bebé me ve desde la otra punta del pasillo. Se apresura a echar la llave y camina a paso ligero hacia el ascensor. Puedo oler su miedo. El ascensor llega a ella antes que yo; la chica entra, mete aparatosamente el carrito y pulsa repetidas veces el botón para forzar el cierre de la puerta. Podría acelerar y poner un pie para que no se vaya sin mí, pero esta mañana no me apetece matar mamás. Así que espero, tomo el siguiente. Bajando, me detengo en la séptima planta y entra una parejita. Ella se arrincona lo más lejos posible de mí y él se interpone entre nosotros, protegiéndola con su propia vida. Cuando llegamos abajo, salen cagando leches a la calle y yo cruzo el portal atentamente vigilado por el portero/recepcionista (mi edificio es también un hotel). Ya en el exterior, puedo ver a dos chicas sentadas en un banco, engullendo su almuerzo. Una de ellas me señala discretamente y la otra me mira con la boca entreabierta y rodeada de granos de arroz. Susurran. Un hombre que saca a pasear a su perro me observa desde detrás de unos setos. Tras la esquina, el tranquilo jardín da paso a una bulliciosa plaza repleta de atracciones para los niños. Un trenecito me adelanta y los chiquillos se recrean mirándome como si fuera un triceratops en Parque Jurásico. Una suerte de vehículo cilíndrico y enano con lucecitas de colores que se dirige hacia mí realiza un giro de 180º y huye a 10 km/h. Abandono la plaza antes de que las madres se organicen y me linchen. Por la calle de los restaurantes hay muchos locales en obras, ya que el complejo es bastante nuevo. Algunos obreros dejan de currar para lanzarme miradas entre curiosas y asesinas. Así hace, también, buena parte de la gente que pasea por el lugar. Tres chicos peinados como personajes de un videojuego japonés se ríen de mí desde la mesa de una cafetería. Las muchachas que trabajan en el local donde suelo comprar pollo frito aún se quedan patidifusas cada vez que me ven pasar. Al final de la calle hay otra plaza que se abre a la gran avenida; aquí siempre hay exposiciones, concursos y espectáculos familiares, pero nada de eso puede captar la atención de un chino cuando hay un guiri cerca. Me seco del baño de masas oculto tras el cristal de la parada del bus. Un anciano que ya estaba allí se asusta al percatarse de mi presencia. Una mujer de mediana edad con dos bolsas del súper parece indignarse al verme pisando su tierra y respirando su aire. El anciano se relaja; lo va llevando a su manera. El conductor del bus me mira de reojo cuando subo. De camino al gallinero, los pasajeros me hacen sentir como una azafata inflando un chaleco salvavidas. Hay un asiento libre a mi lado que, seguramente, nadie ocupará.


Primera vez que visito a los padres de Li. En cuanto llegamos a la calle Yue Xi, donde está la comunidad de su familia, todo el santo mundo nos mira fijamente. La gente sale de las tiendas y almacenes. Unos chicos detienen su motillo y no parece que les siente muy bien ver a un extranjero con una hembra de su tribu de la mano. Entramos en la comunidad y las vecinas salen de sus casas para preguntar: ¿qué hace un extranjero aquí?, ¿para qué ha venido? y ¿es su novio? Tras conocer a mi suegro y a mi suegra (probablemente la única china que evita mirarme*), salimos y las vecinas vuelven al ataque: ¡¿es que es su novio?!

*Cariño, si lees esto... es brooooma, no te enfades. ^^;



Es día de Año Nuevo y subimos a la montaña de los templos con mis suegros. Por el modo en que me miran algunas señoras y ciertos caballeros, diría que les ofende muchísimo que yo esté en ese lugar sagrado tomando fotos mientras ellos rezan a los dioses por dinero, queman incienso y tiran centimillos al río. Otros, que no parecen tan molestos, expresan su curiosidad preguntando sin parar: ¿pero qué hace aquí un extranjero?, ¿por qué está aquí?, ¿para qué ha venido?, ¡¡¿es su novio?!!.

Y es que los chinos, sobre todo los viejos, son como niños pequeños: en cuanto no entienden algo, ya tienen un ¿por qué...? en la boca. Puede llegar a agobiar, pero hay que tomárselo con humor. Solo son gente curiosa. Y descarada. Una vez, en un súper del barrio de Li, una vieja me estuvo siguiendo por los pasillos, parándose donde yo me paraba, a un metro de mí, para mirarme fijamente. Y, unos días después, cerca de allí, un padre y su hijo, el niño con la cara más redonda y grande que he visto en mi vida, se pusieron frente a mí en una parada de bus para mirarme. Les dije "ni hao", me dijeron "ni hao" y siguieron mirándome hasta que me fui. Les faltaban las palomitas. Por cierto, ¿habéis visto alguna vez cómo hacen las palomitas en China?


Los chungos, los que me tocan los huevos, son los que me odian y me hacen ver que les doy asco. Casi todos son viejos o chicos de las provincias pobres que vienen a Shanghái a buscarse la vida. Gente que aún cree que China es el centro del universo y que más allá de sus fronteras están los dominios del mal. También suelen reírse de mí, si van en grupo o en pareja. Aunque, con el tiempo, uno se acostumbra y empieza a ignorarlos. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Bueno, a veces me quedo mirándoles o les digo "ni hao". Y a veces funciona. Otras, escupen o sueltan alguna grosería. Pero, a mí, plin. Tampoco tienen la culpa de ser así. Hay que pensar en el contexto social. Estoy en un país donde la gente no puede navegar libremente por internet. Tengo que utilizar un software de pago para conectarme a un servidor japonés o americano que me haga de puente para usar Facebook y Google. ¿Qué se puede esperar? Las noticias están totalmente controladas por el Partido. ¿Os podéis creer que casi nadie sabe nada de la matanza de Tian An Meng o de las revueltas en Hong Kong? Sin embargo, cualquier incidente con etnias que no sean han (la etnia predominante) se divulga a bombo y platillo. En la tele ponen series sobre chinos matando japoneses en la guerra de las formas más heroicas posibles (lo último, por lo que muchos chinos jóvenes están poniendo el grito en el cielo, es una escena en la que una mujer que visita a su marido, un soldado que va a ser ejecutado por los japoneses, lleva escondida una bomba con la que ambos se inmolan llorando de alegría porque mueren juntos y se llevan a unos cuantos por delante; la serie se llama Juntos luchamos contra los demonios). Hay un programa para buscar pareja donde los pocos extranjeros que participan no se comen una rosca, angelicos míos. Y también he visto un programa en el que llevan a un europeo a probar cosas raras chinas y a reírse de él, con unos efectos de sonido que ni Videos de Primera, oiga. O sea, es lícito reírse de un guiri descaradamente en la televisión pública y nadie se va a escandalizar por ello. ¿Por qué no iban a reírse de mí por la calle?

Sin embargo, como ya he dicho antes, no todo el mundo lleva malas intenciones, y son esos con los que hay que quedarse. La gente curiosa, la gente que pregunta ¿de dónde es? y, cuando Li les dice que soy de España, me preguntan que si soy del Real Madrid o del Barcelona. La recepcionista de la comisaría que se parte el culo, de forma simpática, cuando le enseño el texto que me ha escrito mi mujer (algo así como: "¡Hola! Vengo a registrar mi domicilio en este distrito. Traigo el contrato del piso, mi pasaporte y las libretas de matrimonio. Si tienes alguna duda, llama al 19378383..."). Los que se esfuerzan por hablar en inglés conmigo (dentro de este grupo, los que dicen "senkiu"). La vieja que le dice a su marido: el extranjero tiene más panza que tú (bueno, vale, esta también me tocó los huevos, jaja). Los niños que me saludan sin venir a cuento, y que me alegran el día. Las señoras que me aceptan en su grupo de baile.

Una vez, vi a un anciano practicando taichí en un parque. Nos acercamos y nos sentamos cerca para mirarlo. Pensé: joder, siempre me está mirando todo el mundo, ¿por qué no voy a mirar yo ahora? Y lo hice, durante más de media hora. Fue relajante. Como acababa de leer un libro sobre ese arte, me sirvió para ver cómo era en la realidad todo eso que había aprendido. Me pareció fascinante. Y, cuando terminó, el anciano vino hacia donde estábamos Li y yo, con una sonrisa en su boca. Me habló sobre los beneficios del taichí, sobre cómo se había convertido en maestro y todo eso. Me dijo que podía enseñarme si quería, que cualquier persona podía empezar a practicarlo. Varios hombres se acercaron para curiosear y le hicieron muchas preguntas sobre su arte. También le preguntaron a Li que de dónde era yo y que cuánto pesaba (serán hijos de puta, en serio). Y, bueno, lo pasamos bien y sentí que la gente es cercana y, de algún modo, pura. La gente normal. Y que merece la pena aguantar a los subnormales que se ríen de mí solo para vivir experiencias como esta.

Y, del resto, pues habrá que reírse, ¿no? Estas son algunas fotografías en las que he "cazado" a gente mirándome con expresiones de lo más diversas. Siempre imagino lo que pueden estar pensando. Y diciendo, porque no entiendo una mierda si no voy con Li. Empezamos con una foto de mi suegro; de él no os riáis, ¿eh?, que es un tío guay y lo respeto. Por la cuenta que me trae.

Por supuesto, no todas las personas que me miran en estas fotos son de las chungas. Es solo cachondeo. Que nadie se ofenda.

Nos vemos pronto, si no estoy tan ocupado como estas semanas. Os tengo que hablar aún de mi piso y creo que escribiré sobre el tráfico en China, que es un tema suculento. Ya veremos.

Hale, aquí os dejo con























































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