martes, 26 de mayo de 2015

Mamá, la gente me mira

10 minutos en mi vida
Salgo de mi piso, en la duodécima planta. Una vecina joven con un carrito de bebé me ve desde la otra punta del pasillo. Se apresura a echar la llave y camina a paso ligero hacia el ascensor. Puedo oler su miedo. El ascensor llega a ella antes que yo; la chica entra, mete aparatosamente el carrito y pulsa repetidas veces el botón para forzar el cierre de la puerta. Podría acelerar y poner un pie para que no se vaya sin mí, pero esta mañana no me apetece matar mamás. Así que espero, tomo el siguiente. Bajando, me detengo en la séptima planta y entra una parejita. Ella se arrincona lo más lejos posible de mí y él se interpone entre nosotros, protegiéndola con su propia vida. Cuando llegamos abajo, salen cagando leches a la calle y yo cruzo el portal atentamente vigilado por el portero/recepcionista (mi edificio es también un hotel). Ya en el exterior, puedo ver a dos chicas sentadas en un banco, engullendo su almuerzo. Una de ellas me señala discretamente y la otra me mira con la boca entreabierta y rodeada de granos de arroz. Susurran. Un hombre que saca a pasear a su perro me observa desde detrás de unos setos. Tras la esquina, el tranquilo jardín da paso a una bulliciosa plaza repleta de atracciones para los niños. Un trenecito me adelanta y los chiquillos se recrean mirándome como si fuera un triceratops en Parque Jurásico. Una suerte de vehículo cilíndrico y enano con lucecitas de colores que se dirige hacia mí realiza un giro de 180º y huye a 10 km/h. Abandono la plaza antes de que las madres se organicen y me linchen. Por la calle de los restaurantes hay muchos locales en obras, ya que el complejo es bastante nuevo. Algunos obreros dejan de currar para lanzarme miradas entre curiosas y asesinas. Así hace, también, buena parte de la gente que pasea por el lugar. Tres chicos peinados como personajes de un videojuego japonés se ríen de mí desde la mesa de una cafetería. Las muchachas que trabajan en el local donde suelo comprar pollo frito aún se quedan patidifusas cada vez que me ven pasar. Al final de la calle hay otra plaza que se abre a la gran avenida; aquí siempre hay exposiciones, concursos y espectáculos familiares, pero nada de eso puede captar la atención de un chino cuando hay un guiri cerca. Me seco del baño de masas oculto tras el cristal de la parada del bus. Un anciano que ya estaba allí se asusta al percatarse de mi presencia. Una mujer de mediana edad con dos bolsas del súper parece indignarse al verme pisando su tierra y respirando su aire. El anciano se relaja; lo va llevando a su manera. El conductor del bus me mira de reojo cuando subo. De camino al gallinero, los pasajeros me hacen sentir como una azafata inflando un chaleco salvavidas. Hay un asiento libre a mi lado que, seguramente, nadie ocupará.


Primera vez que visito a los padres de Li. En cuanto llegamos a la calle Yue Xi, donde está la comunidad de su familia, todo el santo mundo nos mira fijamente. La gente sale de las tiendas y almacenes. Unos chicos detienen su motillo y no parece que les siente muy bien ver a un extranjero con una hembra de su tribu de la mano. Entramos en la comunidad y las vecinas salen de sus casas para preguntar: ¿qué hace un extranjero aquí?, ¿para qué ha venido? y ¿es su novio? Tras conocer a mi suegro y a mi suegra (probablemente la única china que evita mirarme*), salimos y las vecinas vuelven al ataque: ¡¿es que es su novio?!

*Cariño, si lees esto... es brooooma, no te enfades. ^^;



Es día de Año Nuevo y subimos a la montaña de los templos con mis suegros. Por el modo en que me miran algunas señoras y ciertos caballeros, diría que les ofende muchísimo que yo esté en ese lugar sagrado tomando fotos mientras ellos rezan a los dioses por dinero, queman incienso y tiran centimillos al río. Otros, que no parecen tan molestos, expresan su curiosidad preguntando sin parar: ¿pero qué hace aquí un extranjero?, ¿por qué está aquí?, ¿para qué ha venido?, ¡¡¿es su novio?!!.

Y es que los chinos, sobre todo los viejos, son como niños pequeños: en cuanto no entienden algo, ya tienen un ¿por qué...? en la boca. Puede llegar a agobiar, pero hay que tomárselo con humor. Solo son gente curiosa. Y descarada. Una vez, en un súper del barrio de Li, una vieja me estuvo siguiendo por los pasillos, parándose donde yo me paraba, a un metro de mí, para mirarme fijamente. Y, unos días después, cerca de allí, un padre y su hijo, el niño con la cara más redonda y grande que he visto en mi vida, se pusieron frente a mí en una parada de bus para mirarme. Les dije "ni hao", me dijeron "ni hao" y siguieron mirándome hasta que me fui. Les faltaban las palomitas. Por cierto, ¿habéis visto alguna vez cómo hacen las palomitas en China?


Los chungos, los que me tocan los huevos, son los que me odian y me hacen ver que les doy asco. Casi todos son viejos o chicos de las provincias pobres que vienen a Shanghái a buscarse la vida. Gente que aún cree que China es el centro del universo y que más allá de sus fronteras están los dominios del mal. También suelen reírse de mí, si van en grupo o en pareja. Aunque, con el tiempo, uno se acostumbra y empieza a ignorarlos. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Bueno, a veces me quedo mirándoles o les digo "ni hao". Y a veces funciona. Otras, escupen o sueltan alguna grosería. Pero, a mí, plin. Tampoco tienen la culpa de ser así. Hay que pensar en el contexto social. Estoy en un país donde la gente no puede navegar libremente por internet. Tengo que utilizar un software de pago para conectarme a un servidor japonés o americano que me haga de puente para usar Facebook y Google. ¿Qué se puede esperar? Las noticias están totalmente controladas por el Partido. ¿Os podéis creer que casi nadie sabe nada de la matanza de Tian An Meng o de las revueltas en Hong Kong? Sin embargo, cualquier incidente con etnias que no sean han (la etnia predominante) se divulga a bombo y platillo. En la tele ponen series sobre chinos matando japoneses en la guerra de las formas más heroicas posibles (lo último, por lo que muchos chinos jóvenes están poniendo el grito en el cielo, es una escena en la que una mujer que visita a su marido, un soldado que va a ser ejecutado por los japoneses, lleva escondida una bomba con la que ambos se inmolan llorando de alegría porque mueren juntos y se llevan a unos cuantos por delante; la serie se llama Juntos luchamos contra los demonios). Hay un programa para buscar pareja donde los pocos extranjeros que participan no se comen una rosca, angelicos míos. Y también he visto un programa en el que llevan a un europeo a probar cosas raras chinas y a reírse de él, con unos efectos de sonido que ni Videos de Primera, oiga. O sea, es lícito reírse de un guiri descaradamente en la televisión pública y nadie se va a escandalizar por ello. ¿Por qué no iban a reírse de mí por la calle?

Sin embargo, como ya he dicho antes, no todo el mundo lleva malas intenciones, y son esos con los que hay que quedarse. La gente curiosa, la gente que pregunta ¿de dónde es? y, cuando Li les dice que soy de España, me preguntan que si soy del Real Madrid o del Barcelona. La recepcionista de la comisaría que se parte el culo, de forma simpática, cuando le enseño el texto que me ha escrito mi mujer (algo así como: "¡Hola! Vengo a registrar mi domicilio en este distrito. Traigo el contrato del piso, mi pasaporte y las libretas de matrimonio. Si tienes alguna duda, llama al 19378383..."). Los que se esfuerzan por hablar en inglés conmigo (dentro de este grupo, los que dicen "senkiu"). La vieja que le dice a su marido: el extranjero tiene más panza que tú (bueno, vale, esta también me tocó los huevos, jaja). Los niños que me saludan sin venir a cuento, y que me alegran el día. Las señoras que me aceptan en su grupo de baile.

Una vez, vi a un anciano practicando taichí en un parque. Nos acercamos y nos sentamos cerca para mirarlo. Pensé: joder, siempre me está mirando todo el mundo, ¿por qué no voy a mirar yo ahora? Y lo hice, durante más de media hora. Fue relajante. Como acababa de leer un libro sobre ese arte, me sirvió para ver cómo era en la realidad todo eso que había aprendido. Me pareció fascinante. Y, cuando terminó, el anciano vino hacia donde estábamos Li y yo, con una sonrisa en su boca. Me habló sobre los beneficios del taichí, sobre cómo se había convertido en maestro y todo eso. Me dijo que podía enseñarme si quería, que cualquier persona podía empezar a practicarlo. Varios hombres se acercaron para curiosear y le hicieron muchas preguntas sobre su arte. También le preguntaron a Li que de dónde era yo y que cuánto pesaba (serán hijos de puta, en serio). Y, bueno, lo pasamos bien y sentí que la gente es cercana y, de algún modo, pura. La gente normal. Y que merece la pena aguantar a los subnormales que se ríen de mí solo para vivir experiencias como esta.

Y, del resto, pues habrá que reírse, ¿no? Estas son algunas fotografías en las que he "cazado" a gente mirándome con expresiones de lo más diversas. Siempre imagino lo que pueden estar pensando. Y diciendo, porque no entiendo una mierda si no voy con Li. Empezamos con una foto de mi suegro; de él no os riáis, ¿eh?, que es un tío guay y lo respeto. Por la cuenta que me trae.

Por supuesto, no todas las personas que me miran en estas fotos son de las chungas. Es solo cachondeo. Que nadie se ofenda.

Nos vemos pronto, si no estoy tan ocupado como estas semanas. Os tengo que hablar aún de mi piso y creo que escribiré sobre el tráfico en China, que es un tema suculento. Ya veremos.

Hale, aquí os dejo con























































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