Es sábado, muy tarde. Hemos estado llevando cosas al piso
que acabamos de alquilar y ahora buscamos un sitio donde cenar por el centro de
Shanghái. Es la última noche en el hotel (¡por fin!) y nuestra última cena
antes de que Li se vaya unos días a Suzhou para celebrar Año Nuevo con su familia.
Aunque no tengamos que estar separados demasiado tiempo, nos duele alejarnos el
uno del otro. Nos hemos despedido ya demasiadas veces. La anterior, y esperemos
que última, fue por cinco meses. Mucho antes, cuando vine a China por primera
vez, le prometí a mi mujer que nunca volveríamos a separarnos, que ya habían
sido suficientes despedidas, que aguantaríamos juntos cualquier situación.
Después, Li tuvo que volver dos meses a su universidad, dejándome solo en
Shanghái; volví a prometerle lo mismo a su regreso. Pero todo empezó a ir de
mal en peor. Acabamos viviendo en casa de mis suegros, me quisieron echar tras
solo una semana por ser un inútil que no hace nada (por no salir cada mañana a
trabajar y quedarme en casa, con el ordenador… trabajando) y volví a España con
la idea de que ella me siguiera en unos meses. Cuando hubiera encontrado un
trabajo y ahorrado lo necesario para pedir un visado de turista. O cuando se
completase la transferencia de nuestro matrimonio al Registro Civil y
tuviéramos el derecho de reagrupación familiar. O cuando yo me hiciera rico y
pudiera llevármela sin seguir los trámites de los pobres. Por supuesto, todo
salió mal: Li tardó mucho en encontrar trabajo, el trámite del registro se
podría demorar hasta dos años de iniciarlo en España y el Gordo vino a caer en
Roquetas de Mar.
Ahora vuelvo
a China. Preparado. Con un nuevo plan. Con dos proyectos en mi mesa de trabajo;
proyectos que puedo completar sin ayuda de nadie, ya que nadie ha podido o
sabido ayudarme hasta el día de hoy. Con los documentos que necesito para
iniciar la transferencia del matrimonio en el consulado de España en Shanghái,
donde el trámite nos podría llevar tan solo unas semanas. Con un piso apalabrado
en Xuijahui, a solo 20 minutos de Jing’an (justo el centro de la ciudad y uno
de los lugares más turísticos), donde trabaja Li. Con ilusión. Con fuerza. Sin
promesas.
Llego,
reventado del viaje, deseando descansar en mi nuevo hogar. Pero, en el último
momento, nos enteramos de que el taiwanés con quien íbamos a compartir ha
decidido que no quiere una pareja en su piso. Una amiga suya ha firmado el
contrato y ya está viviendo allí. Y no nos enteramos por él, sino por el
anterior inquilino, que nos escribe avergonzado y preocupado.
Tras lamentarnos un rato, Li
encuentra un hotel, el más barato por la zona del centro entre los que dejan
entrar a extranjeros (habéis leído bien). Buscamos casa desesperadamente, pero
en ningún piso compartido aceptan parejas y los apartamentos pequeños, sin
salón ni pijadas de esas, valen como 800-900 euros al mes, frente a los 500-600
que cuesta alquilar solo una habitación.
Después
de cinco días encerrado en el hotel, buscando pisos en internet mientras Li
trabaja, y visitando algunos por la noche, cuando la dejan salir de la compañía,
damos con uno en Yuyuan Garden. Es una buena zona, cerca de People’s Square (la
“plaza mayor” de Shanghái), de Nanjing Road (la calle comercial más importante)
y del Bund (el paseo marítimo desde donde se ve la típica postal de los
rascacielos de Lujiazui, el principal distrito financiero de la ciudad). A 15
minutos de Jing’an, en una comunidad moderna y limpia. Para compartir con dos
arquitectos rumanos que, aunque en principio no aceptan parejas, se solidarizan
con nosotros por nuestra situación y consideran la posibilidad de dejarnos alquilar
la habitación.
Visitamos el piso, nos gusta. También nos gusta Jimmy, uno de los arquitectos, con quien compartiríamos baño. Todo va de perlas; le caemos bien a Jimmy, está dispuesto a aceptarnos. Hasta tengo la oportunidad de comprar muy barata una tarjeta para el gimnasio del barrio, que el inquilino que se va acababa de recargar para un año. Quedamos para firmar el contrato. Estamos muy contentos. Por fin empiezan a ir bien las cosas. Por fin puedo montar mi ordenador y seguir trabajando en mis juegos. Por fin podemos descansar, sin presiones, sin prisas. Qué bien.
Visitamos el piso, nos gusta. También nos gusta Jimmy, uno de los arquitectos, con quien compartiríamos baño. Todo va de perlas; le caemos bien a Jimmy, está dispuesto a aceptarnos. Hasta tengo la oportunidad de comprar muy barata una tarjeta para el gimnasio del barrio, que el inquilino que se va acababa de recargar para un año. Quedamos para firmar el contrato. Estamos muy contentos. Por fin empiezan a ir bien las cosas. Por fin puedo montar mi ordenador y seguir trabajando en mis juegos. Por fin podemos descansar, sin presiones, sin prisas. Qué bien.
Dos
horas antes de la cita para firmar el contrato, nos dicen que ya han firmado
con otro, que al final han decidido que no quieren una pareja en el piso.
Pasan
días. La situación se vuelve insoportable. Estamos gastando mucho dinero. No podemos
lavar ropa, ni cocinar. Ni puedo trabajar. Viajamos a Suzhou para renovar mi
permiso de residencia y Li recupera la caja de mi ordenador, que dejé en casa
de mis suegros; yo la espero en la puerta de la comunidad porque su madre no
quiere verme. Este día sentimos que al menos hemos avanzado un poquito. En los siguientes,
sin embargo, no pasará nada. Lo único reseñable es que tenemos que sacar todas nuestras
cosas de la habitación de Xiao Lu, la prima que tenemos en Shanghái, con la que
Li vivía mientras yo estaba en España. Xiao Lu y Xiao Yi, su marido, han
comprado un piso minúsculo por una millonada. Su boda es el mes que viene, pero
ya están casados por papeles; como Li y yo, solo que, en su caso, la familia lo
sabe. Ellos son la pareja perfecta para todo el mundo. Con quienes nos comparan
continuamente. Ambos tienen trabajos estables, ganan mucho dinero; ambos
respetan las imposiciones de sus familias y las tradiciones; ambos son chinos.
A Xiao Lu no le gustaba Xiao Yi, pero eso es lo de menos; su familia lo eligió
para ella y ella hizo lo que hay que hacer: caso a la familia. Al menos ha
tenido la suerte de que el chico es un trozo de pan.
Nosotros
encontramos otro piso donde aceptan parejas. En Jiansu Road, a una parada de
Jing’an. Todo bien. Vamos a firmar, pero ¿sabéis qué? En el último momento se
arrepienten. Parejas no.
Quedan solo
dos días para Año Nuevo. Li tiene que volver con su familia sin más remedio y
no sabemos qué vamos a hacer con todas nuestras cosas y conmigo mismo. El hotel
es demasiado caro, no podemos seguir así. Mi pobre mujer está que no puede más
de los nervios y encima la obligan a trabajar hasta las tantas sin dejarle
tiempo para nada.
El festival de las linternas ha comenzado en el templo de los dioses de la ciudad y quiero ir a verlo. Para ella es una locura, en medio de esta situación, invertir el poco tiempo que tenemos en una actividad de ocio. Pero yo siento que es importante que hagamos algo juntos, algo más que buscar piso y lamentarnos; y que veamos algo bonito. Antes de un examen importante, cuando todo el mundo estudiaba desesperado, yo solía tirarme el día viendo películas, escuchando música o leyendo una novela de ciencia-ficción. Solía relajarme. Y me iba bien.
El festival de las linternas ha comenzado en el templo de los dioses de la ciudad y quiero ir a verlo. Para ella es una locura, en medio de esta situación, invertir el poco tiempo que tenemos en una actividad de ocio. Pero yo siento que es importante que hagamos algo juntos, algo más que buscar piso y lamentarnos; y que veamos algo bonito. Antes de un examen importante, cuando todo el mundo estudiaba desesperado, yo solía tirarme el día viendo películas, escuchando música o leyendo una novela de ciencia-ficción. Solía relajarme. Y me iba bien.
Al final, Li accede y vamos al
festival de las linternas. Medio en broma, le digo que voy a pedir a los dioses
de la ciudad que nos den aunque sea un huequecito en ella para poder vivir. El
festival es precioso, disfrutamos. Al final, olvido hacer mi petición a los
dioses. Pero, como son dioses, seguro que ellos ya me han escuchado.
Y encontramos nuestro piso. Está muy bien, es bonito. El salón es enorme. Y tenemos mucho espacio en
nuestra habitación. Está en Caoyang Road, al lado de la estación; Jing’an está
a tan solo 15 minutos en metro. Lo único negativo es que la otra pareja es
china. Y china del norte, encima. Ya prometí una vez que no volvería a
compartir piso con chinos, que casi todos son unos guarros, pero ya sabemos qué
pasa con las promesas. Todo está sucio, asqueroso; no han limpiado nunca desde
que viven aquí. Da igual, podemos limpiarlo nosotros, no hay problema. Eso sí, tienen
dos gatos. Dos gatos que sueltan más pelo del que tienen. Y yo soy un poco alérgico.
Pero si Li y yo mantenemos todo limpio no tendré problemas. Además, está Pepe
(es como he llamado al robot aspirador de los puercos del norte; lo más
parecido a limpiar que han hecho en su vida es darle al botón del robot una vez
al día). En fin, solo estaremos un par de meses, hasta que cumpla el contrato
vigente y el dueño, seguramente, suba el precio para inflar un poco más la
burbuja antes de que explote. Pero, al menos, ya tenemos un lugar donde vivir
por ahora. Ya puedo trabajar.
Es
sábado. Muy tarde. Todos se han ido a sus pueblos, todo está cerrado. Pero esto
es el centro de una de las ciudades más ricas del planeta, algo debe de haber.
Visto lo visto, pido a los dioses un restaurante abierto y encontramos uno que
abre las 24 horas y además es muy bueno. Esta es nuestra particular cena de Año
Nuevo: otra cena de despedida. Li se va, pero son solo unos días. Nada de
tragedias. Estaré limpiando la casa y trabajando, estaré bien. Aunque ya no
prometo nada. Ahora, a disfrutar de la comida, que es deliciosa.
Una
llamada nos interrumpe. Es el padre de Li.
—Li,
que venga Enrique.
—¿Cómo?
—Que
venga Enrique. Tiene que venir.
—Pero
si mamá no quiere verlo. No podemos ir juntos.
—He invitado a todos. Estará aquí Lao Popo (el hermano mayor del padre). Estará Juju (el hermano de la madre). Estarán los primos. Habrá buen ambiente, todo irá bien. Mamá no va a decir nada. Tiene que venir Enrique. Es Año Nuevo, no puede estar solo en Año Nuevo.
—He invitado a todos. Estará aquí Lao Popo (el hermano mayor del padre). Estará Juju (el hermano de la madre). Estarán los primos. Habrá buen ambiente, todo irá bien. Mamá no va a decir nada. Tiene que venir Enrique. Es Año Nuevo, no puede estar solo en Año Nuevo.
—Ya
veremos.
—No, ya
veremos no. Tiene que venir.
Tengo que
ir. ¿Qué puedo hacer? Mi suegro está haciendo un esfuerzo muy grande por arreglar
la situación familiar. La parte paterna de la familia de Li, por lo general,
nos apoya. El padre es un buen hombre, y lo único que le preocupa es que yo no
pueda cuidar de su hija, porque no tengo un trabajo estable. Es comprensible.
Si él quiere que vaya, no puedo decir que no. Aunque tengo miedo de lo que
pueda pasar. Sobre todo, tengo miedo de lo que le pueda pasar a Li. Con todo el
estrés de los últimos días y el que llevaba acumulado de antes, su mente está
débil. La presión familiar en China es muy, muy fuerte, y es difícil soportarla
si la mente no está en buena forma. No es el mejor momento para que se monte
otro drama familiar como los tantos que ya hemos vivido. Ojalá no pase nada.
Tengo miedo de verdad.
Día de
Año Nuevo. La ciudad está desierta. Llevamos las últimas cosas al piso y
aprovechamos el rato que nos queda antes de tomar el tren para limpiar un poco
la casa. Los chiros del norte no volverán hasta dentro de diez días. Solo
estamos Li, Pepe y yo. Bueno, claro, y Totoro, Adolfo, José Manuel y Mario
(nuestros peluches). El día va bien. Es increíble que algo nos pueda ir bien.
Es
imposible que todo siga yendo bien.
Mientras
está agachada limpiando el baño, a Li le pasa algo en la cintura. No puede moverse.
No puede girarla hacia los lados ni inclinarla hacia delante; está
prácticamente bloqueada. Y le duele a rabiar. La ayudo a tumbarse en el sofá,
no sé qué hacer. Ni siquiera tenemos internet aún. Salimos a buscar un
hospital. El vigilante del edificio nos dice que a dos paradas de bus está el central
del distrito de Putuo. Llegamos allí, no sé ni cómo. Pasito a pasito. Pasamos
por caja para hacer la tarjeta de paciente-cliente. Li rellena unos
formularios. Volvemos a pasar por caja para que sea atendida en urgencias. El
médico manda hacerle un escáner. Pasamos por caja para pagar la prueba. Se hace
el escáner, le dan los resultados: no tiene nada grave, el bloqueo es debido al
cansancio extremo y el estrés. Pasamos por caja para comprar los parches que le
ha recetado el médico. Los recogemos. Compro alcohol y tabaco (imprescindibles
en Año Nuevo) en una tienda y nos vamos a la estación. Perdemos el tren.
Tomamos el siguiente. Todos están esperándonos, ya están cenando; tenemos que
tomar un taxi, que es carísimo. Finalmente, llegamos a la comunidad de Li. Nos
armamos de valor y entramos a su casa. No sé qué va a pasar, pero me conformo
con que Li pueda descansar por fin. Está un poco mejor; no puede moverse, pero
al menos puede sentarse.
Casi
toda la familia está presente. Entrego la botella de alcohol a mi suegro y le
felicito el Año Nuevo. El primo mayor me cede su sitio, junto a Lao Popo, el
tío mayor. Es un honor y eso. Todos me reciben bien, excepto la madre, que
tiene una cara que se la pisa y no nos mira ni dice nada. Lo normal, nada
extraordinario. Bromas con los primos, muchos brindis, mucha comida (piden
perdón porque ya está fría). Calientan el plato típico de Suzhou, jamón de
cerdo asado, y lo ponen en mi lado. Come, come, me dicen. Es para ti, es el
mejor plato. Bebe, bebe. Como. Bebo. Me relajo. Todo va bien, más o menos. Qué
tranquilidad. Hasta que entra el vecino de mis suegros.
Reparte
tabaco, viene a brindar conmigo y con Li. Le ponen una silla junto a Li. Me
insta a apurar todo el vaso (tradición) y empieza a hablarle a mi mujer. Ella
me dice que este tío tiene mucho dinero, que es muy respetable. Me traduce lo
que va diciendo: Lao Popo era el médico de su familia, así que él quiere mucho
a esta familia; Li es como una hija para él; siente mucha, mucha pena porque ve
cada día que los padres de Li están solos, que nadie los cuida, que su hija los
ha abandonado... Aquí, mi mujer deja de traducir. Deja de hablar. Se encoge,
gimiendo de dolor. Agacha la cabeza y empieza a llorar. Le pregunto qué le
pasa, pero no responde. Solo llora y llora. Su frente toca la mesa; sus brazos
están colgando. El vecino no deja de hablarle. Le habla a ella, directamente.
Yo no entiendo nada. Toda la familia escucha lo que dice y nadie lo interrumpe,
así que pienso que a lo mejor no está diciendo cosas tan malas, que a lo mejor
Li se ha sentido demasiado mal, exageradamente mal, por haber mencionado la
situación de sus padres, y ahora él está intentando calmarla. El gesto del tío
es de pena, pero parece impostado. A veces apoya su mano en el hombro de Li.
Ella no reacciona. Intento calmarla, lo intento todo, pero no hay manera. Está
en otro mundo. Sus tías la acarician y la abrazan de vez en cuando, pero da
igual. Li no está. A partir de aquí, lo que viene es una hora de ese tío
hablando sin parar, Li en su mundo, ya sin lágrimas que llorar, y todos mirando
calladitos. Al final, Juju, el hermano de la madre, que está superborracho, le
dice algo al tío y él se levanta, me mira, dice “sorry, sorry”, entra su mujer
y salen juntos. Lao Popo dice algo. Después, Juju empieza a hablarle a Li, muy
serio, sin parar. Parece que ha tomado el relevo del vecino. Yo ya no sé qué
hacer; esa mierda de alcohol chino blanco me sube a la cabeza, todos los
brindis de una vez. Me siento peor que nunca. Nauseas. Quiero
vomitar. Siento que estoy en un linchamiento público y que sobro ahí, que
siempre he sobrado. Le pido a Li que, por favor, salgamos a la calle un rato.
Le pido que me escuche. No reacciona. Después de un rato, ya no puedo más. Creo
que me voy a morir. Me pongo mi abrigo y salgo. No quiero dejarla ahí sola
pero, de verdad, no puedo más.
Deambulo
por las calles de la comunidad, no sé adónde voy. Hace un frío que pela. Lloro
de impotencia. El viejo Lao Popo viene corriendo después de un rato y me dice
en chino “ven a comer arroz”. Lo sigo, llorando. No sé ni qué hago, pero Lao
Popo me hace sentir mejor. Me habla, pero no entiendo nada. Al llegar, todos
(menos la madre y Juju) están muy cálidos conmigo. Me sientan junto a Li, me
dan arroz, me dicen que siga comiendo. El primo mayor me pregunta que si tengo
WeChat; WeChat puede traducir instantáneamente entre chino e inglés, de aquella
manera, y él quiere explicarme la situación. No tengo internet en mi móvil aún.
Con un esfuerzo titánico, logra decirme en inglés que esperan que Li y yo
seamos felices. Que todos esperan eso. Entonces, Juju se levanta para irse. Su
mujer viene a ayudarle a andar, porque está como una cuba. Juju se para frente
a mí y me dice: “please, please”; espera un poco, pero no sé qué tengo que
hacer. Li sigue con la cabeza sobre la mesa y los brazos colgando, no está
aquí. No puede decirme qué tengo que hacer, como suele decirme. Solo se me
ocurre despedirme con un adiós. Se va. Pero el primo mayor viene y me agarra,
me levanta, “ven con el tío de Li”, me dice, “vamos a decirle adiós”. Salimos a
la calle; ahora lo entiendo, hay que ir a despedirlo hasta su coche, es una
muestra de respeto. El primo mayor coge mi mano, muy fuerte, muy firme. Se pega mucho a mí. Es su forma de darme
apoyo. No sabe explicarme bien qué está pasando, pero no quiere que esté mal.
El hijo de Juju conduce; tira una moto con el coche y el primo mayor se ríe. Me
río. Volvemos a entrar.
Cuando
el resto se van, también salgo a despedirlos. El primo mayor me dice que mañana
vamos a cenar a su casa, que vamos a estar bien. Él es hijo de Lao Popo, así
que es la casa de su padre. Allí, sé que soy bienvenido.
Li
continúa ida. Su padre me hace señas para que coja el equipaje y lo suba; él se
lleva a Li a su habitación. Una vez allí, me indica que cuide de ella y él baja
a hablar con su mujer. Acuesto a Li, la tapo bien. Me arrodillo junto a
su cama y, al final, me quedo dormido.
Me
despierto muy malo, con muchas ganas de vomitar. A todo lo que ha pasado y al
alcohol se suma mi apnea del sueño; tenía una postura rara y no he respirado
bien durante un buen rato. Li me habla por primera vez en muchas horas: “vete a
dormir, cari”. Yo le digo que no tengo cama. Se levanta, corriendo, para mi
sorpresa, y va a preparar mi cama. Le digo que no hace falta, que no se
preocupe; verla así, tan apurada, y llorando otra vez, me hace recuperarme un
poco.
En casa de Li, no podemos
compartir cama. Antes, cuando vivimos aquí durante una temporada, conseguimos
que nos dejaran dormir en la misma habitación después de mucho batallar, pero
yo tenía que estar en el suelo. Ahora, yo vuelvo a donde empecé: al trastero.
La cama es una tabla, una cama china antigua. No hay colchón, solo unas mantas.
Hace tanto frío como en la calle y nada de insonorización, así que voy a
comerme los petardos toda la noche. El Año Nuevo pasado no pude dormir;
supongo que seguiré la tradición.
Caigo
muerto en la tabla, pero no duermo de verdad en toda la noche. Li no ha podido
hablar conmigo, ha seguido llorando, y después se ha dormido como un tronco.
¿Descansará, por fin?
Tendré
que esperar hasta la mañana para que Li me cuente algunas cosas. Por ejemplo,
que el primo mayor intentó evitar que yo brindase con el vecino, objetando que
no tenemos ese tipo de alcohol en el extranjero e iba a sentarme mal; o que
Juju, en toda su cogorza, le dijo al tío “¿qué derecho tienes tú para hablarle así
a mi sobrina?”, y entonces llegó la mujer del vecino, este le dijo “he hecho
llorar a la niña, he hecho algo malo” y se fue a su casa. Cuando me fui, todos
estaban muy preocupados porque yo no entendía nada e iba a pensar que nadie
quería que Li y yo estuviéramos juntos, por eso Lao Popo fue a buscarme. Li
dice que podía escuchar todo, pero era incapaz de comunicarse, que estaba en un
abismo de pena y de vergüenza.
Pero
hoy es un día feliz. Es Año Nuevo y vamos a cenar a casa de Lao Popo. Lo
pasamos bien allí. El ambiente es relajado, son buenos conmigo. Especialmente
buenos, esta vez. Li empieza a sonreír, empieza a ser ella misma. Me dice que
está tranquila, que Lao Popo le ha dado confianza otra vez. Volvemos a casa
dando un paseo y nos acostamos pronto porque mañana vamos a casa de Juju, en
otro pueblo. También es la casa de la abuela materna de Li. Es la parte más
cerrada de la familia. Nos preocupa lo que pueda suceder allí, pero intentamos
no ponernos negativos. Debemos salvar todos los obstáculos.
Al día
siguiente, nos arreglamos, muy animados. Li está radiante, contenta. Las cosas
se han calmado un poco y seguro que Juju nos va a tratar bien, aunque no nos
apoye. Ya estamos preparados para salir cuando el padre llama a Li para que
baje. Cuando vuelve, Li está seria. No vamos a ir a casa de Juju. La madre no
quiere que vayamos.
Bajamos
juntos para que Li pregunte a su madre por qué no quiere que vayamos, aunque ya
sabemos la respuesta: le da vergüenza que nos presentemos ante su familia. Li
se enfada, vuelve arriba; su padre la sigue, gritando “¡¿qué pasa?!”; yo voy detrás. Y la madre sube, le grita sin
parar (“¡¡eres una vergüenza!!”, “¡¡he gastado tanto dinero en ti!!) y, como
colofón, se empieza a pegar a sí misma, muy fuerte. Corro junto a Li, que
vuelve al mundo oscuro. El padre forcejea con la madre, se la lleva. Y ahí está
mi mujer, otra vez. Otra vez ahí. ¿Cuándo se va a acabar esto?
La
abrazo, intento que se sienta protegida. No está tan mal como hace dos días,
está siendo fuerte. Pero no deja de llorar, me rompe el corazón. Abajo se oye a
la madre gritar y al padre hablando con Lao Popo, que ha llegado para ayudar. El
padre sube y me pide, con los ojos llorosos y el rostro desencajado, que por
favor recoja nuestras cosas para irnos a Shanghái. Se va, empiezo a recoger, y
vuelve a subir para decirme algo más que no entiendo en ese momento pero que
después cobra sentido: la madre se ha encerrado en el tercer piso, es un buen
momento para irnos. El hombre es un saco de nervios. Voy a por Li, pero no se
quiere mover. Está llorando, mirando al vacío. Dice que lo ha hecho todo mal,
que ha hablado mal a su madre. Le digo que no, que no es por ella. Esto iba a
ocurrir tarde o temprano, no es su culpa. Pero no logro tranquilizarla. Me
mantengo a su lado. El padre vuelve, ve que no soy capaz de llevarme a Li y se
va. Al rato, llegan la prima Xiao Lu y su marido, Xiao Yi. Li, entre sollozos,
le cuenta todo lo que ha pasado estos días a su prima, que la abraza y le
acaricia la cabeza. La escena me hace llorar, me aparto. Mi suegro me ve y le
pide a Xiao Yi que me acompañe. Xiao Yi me dice que no llore, me agarra el
hombro.
Cuando
Li se calma, los primos nos llevan a la estación de trenes. Mientras sale el
tren, Li llama a Juju para explicarle por qué no hemos podido ir a su comida.
No se puede declinar una invitación sin más, al menos hay que darle una
explicación. En medio de la estación, Li rompe a llorar mientras habla con
Juju. Luego me contará que Juju le ha dicho que se separe de mí, que estamos
creando problemas, que no puede abandonar a sus padres. Y que tiene que volver
al día siguiente a Suzhou para comer en su casa, ya que hoy no ha podido ir.
Esta
noche, la primera noche en nuestro piso, me cuesta convencer a Li de que yo
tengo que volver con ella a Suzhou, que no puedo dejarla sola. Tengo miedo de
que sufra otro linchamiento y nadie esté a su lado protegiéndola. Se va a meter
en la boca del lobo, en la casa de la parte cerrada de la familia. Iré con
ella. El padre dice que no es buena idea, que la madre está muy enfadada y
sensible, pero voy a ir. Él acepta, con la condición de que yo no entre en casa de
Li para que la madre no sepa que he vuelto (ella no irá a comer con Juju). Y pide perdón porque no ha sabido
arreglar la situación familiar; dice que ha sido todo culpa suya. Le decimos
que no es así.
El plan inicial era que fuéramos
a casa de Li a hablar con los padres, antes de ir a casa de Juju. Xiao Lu y
Xiao Yi nos acompañarían, de nuestro lado. El nuevo plan es que vamos a casa de
Juju directamente y, luego, después de comer, alguien nos llevará a casa de Fufu
(el padre de la prima, marido de la tía por parte de padre de Li) para cenar.
Por último, Li tendría que volver a su casa a hablar con su madre para arreglar
la situación, y aprovecharía para recoger algunas cosas que tenemos allí y
necesitamos para el día a día en Shanghái.
Comemos
con Juju. Li me advierte de que su abuela puede pegarme. No me pega; de hecho,
no se opone a que estemos juntos y solo quiere que estemos bien, que yo tenga
un buen trabajo para cuidarla. Lo mismo dice Juju, esta vez. El padre de Li y
Juju nos hacen una entrevista, de la que salimos bien parados. Son
hospitalarios conmigo. Todos insisten en que tengo que aprender chino para
poder entender lo que dicen y expresar lo que pienso. Y en que tenemos que
vivir en China. Dicen que los padres chinos se preocupan mucho por sus hijos y
quieren que estén cerca. Yo digo que eso les pasa a los padres de todo el
mundo. El padre me pide perdón porque son gente sin cultura. En la sobremesa, comemos frutos
secos y tomamos té en el patio.
La mujer de Juju y su hijo charlan con Li
El hijo de Juju nos lleva en su coche
a la casa de Li, ya que es demasiado temprano para ir a casa de Fufu. Por
petición del padre de Li, el primo me acompaña mientras mi mujer va a hablar
con su madre. Durante una hora y media, intentamos mantener una conversación
con las pocas palabras que sabe en inglés. También me enseña a decir en chino
televisión, aire acondicionado, teléfono y leche. Él dice que Li y yo podemos
estar juntos, pero que tenemos que vivir en China. Lo típico. Mientras
hablamos, el padre de Li entra en el coche. Me hace un gesto como de “¡todo va
bien!”. Está muy contento. Nos trae refrescos. Pobre hombre.
Li sale satisfecha de su casa. Ha
podido hablar con su madre, que llevaba todo el día en huelga de hambre, y la
ha tranquilizado un poco. La madre está preocupada porque nunca va a ver a
nuestros hijos, no van a ser sus nietos. Li le ha dicho que eso no es así, que
no los va a abandonar, que son sus padres. Al final, se han reconciliado un
poco. Ya podemos ir a casa de Fufu.
En casa de Fufu también nos
apoyan. Disfrutamos de la única comida divertida de este Año Nuevo. Ahí están
Xiao Lu y Xiao Yi, que traen unos dulces buenísimos y me dan a probar de todos
los tipos. Me están cuidando, están muy cercanos conmigo. Li y yo nos sentimos
bien, nos reímos de las muecas que hace Fufu cuando bebe. La comida es buena.
Volvemos a casa de Li para
recoger nuestras cosas; el padre quiere que entre al salón, pero que no haga
ruido. La madre está arriba, durmiendo.
Ya en Shanghái, Li me dice que
tiene que volver al menos un día durante esta semana, para seguir limando
asperezas con su madre. Se lo ha pedido su padre. Pasamos un día juntos en casa
y, el viernes de Año Nuevo (Año Nuevo es toda la semana), es decir, hoy, Li
vuelve a Suzhou.
Mientras escribía esto, Li me ha
contado por el chat que su madre está otra vez en huelga de hambre y que no
para de hablarle mal de mí. Todo es malo: mi edad, mi cuerpo, no tengo dinero,
soy extranjero. Ha repetido una y otra vez que no va a aceptarme. Li se ha
puesto un poco mal, pero ha podido aguantar. Ahora está de regreso a Shanghái.
Le he preguntado que cómo está y ha dicho que bien, que no me preocupe. Solo
está cansada. Y mañana (sábado, nuestro aniversario) y pasado mañana (domingo,
mi cumpleaños) tiene que trabajar para recuperar los días de Año Nuevo, como se
suele hacer en China. Además de toda la semana siguiente.
Espero el día en que mi mujer
pueda descansar. Iba a pedírselo a los dioses de la ciudad. Pero, como son dioses, seguro que ellos ya me han escuchado.






